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Carta contrasexual de una mujer puesta en disputa

Español
Autor: 
April Otero

A quien le pueda interesar, a quien no, pero quiera ‘'chimbiar’', y a quien le interesará solo para negarme.

Varios fueron los motivos que me convocaron hoy a escribir estas letras. Por un lado, la invitación atravesada por los afectos y la admiración que me han demostrado las compañeras farianas, quienes militan y construyen desde la insurgencia de su cuerpo como territorio y la articulación con las luchas contra el capital, el neoliberalismo y la ultraderecha, a tejer con ellas un trabajo que agencie, a partir de nuestras particularidades y diferencias, una propuesta pedagógica de mujer políticamente diversa y visible que aporte en todos los ámbitos de la sociedad colombiana. Y por el otro, la controversia desatada tras mis confrontaciones y denuncias al movimiento de mujeres cisgénero (es decir, que no viven una experiencia de vida como mujeres trans) que se enuncian como ‘’feministas radicales’’ y quienes desde sus ideologías niegan (por cuanto desconocen) la manera sistemática, estructural y experiencial en que las violencias patriarcales persiguen los cuerpos de quienes transitamos hacia lo femenino.

En aras de una mejor comprensión a lo largo del escrito, aclaro que me referiré́ en una interlocución conmigo misma y con mis pares como “trans”. Lo ‘’trans’’ para englobar a mujeres transexuales, mujeres transgénero y mujeres que se enuncien como travestis. Esta palabra, pues, no es un sinónimo de “transexual” (término procedente de la medicina) sino que es una propuesta desde nuestro movimiento de mujeres trans para salir del campo médico y cambiar el paradigma desde el que comprendemos la transexualidad.

En ese sentido, ‘’trans’’ hace referencia a toda persona que ha decidido transgredir desde sus vivencias la correspondencia de su cuerpo sexuado con el género socialmente esperado, independientemente de si ha modificado o no su cuerpo quirúrgicamente o químicamente.

Aquí́ considero pertinente compartir un fragmento del texto ‘’El delito del cuerpo- De la evidencia del cuerpo al cuerpo en evidencia’’ escrito por la filósofa feminista Meri Torras:

‘'El cuerpo ya no puede ser pensado como una materialidad previa e informe, ajena a la cultura y a sus códigos. No existe más allá́ o más acá́ del discurso, del poder del discurso o del discurso del poder. El cuerpo es la representación del cuerpo, el cuerpo tiene una existencia performativa dentro de los marcos culturales (con sus códigos) que lo hacen visible. Más que tener un cuerpo o ser un cuerpo, nos convertimos en un cuerpo y lo negociamos, en un proceso entrecruzado con nuestro devenir sujetos, esto es, individuos, ciertamente, pero dentro de unas coordenadas que nos hacen identificables, reconocibles, a la vez que nos sujetan a sus determinaciones de ser, estar, parecer o devenir’' (Torras, 2007: 20).

Debemos reconocer que hay partes del cuerpo que son relevantes para su atribución de un determinado género o sexo; mientras que hay otras que no lo son. Pene para determinar el ‘’sexo masculino’’ y el ser ‘’hombre’’ y vagina para determinar un ‘’sexo femenino’’ y el ser ‘’mujer’’. De esta manera se establece una jerarquía que nos dice qué partes son relevantes y cuáles no, en cuáles debemos fijarnos y en cuáles no para clasificar los cuerpos y determinar la identidad del sujeto siempre dentro de la matriz binómica masculino-femenino.

Recuerdo una anécdota que me sucedió hace poco cuando caminaba con mi compañero frente a La Ermita y pasamos por el lado de un grupo de tres hombres (a quienes asumí como heterosexuales y además heternormados). Escuchamos a uno de ellos referirse a otro ‘’[...] parce, usted sabe cómo es esa hembra’’. Decidimos iniciar una conversación con mi compañero sobre la carga histórica que, desde la lucha antiespecista de él y mi enunciamiento político como transfeminista, reconocemos sobre los cuerpos sexuados a partir de sus capacidades reproductivas y productivas. Sabemos que a las vacas, por ejemplo, se les viola, se les mercantiliza, se les explota y se les coarta su libertad natural por cuanto hembras. También sabemos que a las animales hembras no humanas se les intenta, a toda costa, domesticar; y que la domesticación es un acto masculino y masculinizante. Extrapolamos la discusión a los cuerpos sexuados ‘’mujeres’’ desde el vientre para entrever las implicaciones del que hombres cisgénero heterosexuales y heteronormados se refieran a las animales humanas como ‘’hembras’’. Este hecho no solo busca domesticar, mercantilizar, violar o explotar, sino también despojarlas de toda su condición como sujetas políticas racionales, su capacidad de agencia y de su autonomía.

Esta dicotomía se nos ha presentado como ‘’natural’’, ocasionando que se borre su convencionalidad. No nos la muestra como criterios que podrían estar susceptibles al cambio, a la reivindicación y a la politización de cada sujeta, sino como asuntos sumamente naturales (e incambiables). Por lo tanto, cuando leemos un cuerpo como ‘’femenino’’ o como ‘’masculino’’, creemos estar haciendo una operación de descripción, cuando en realidad lo que podemos considerar que estamos haciendo es una operación de interpretación. Las feministas radicales reconocen la opresión histórica sobre las sujetas con vagina a través de una operación de interpretación.

Los cuerpos trans resistimos a esos protocolos de lectura y forjamos interpretaciones desde la ‘’excepcionalidad’’ o la ‘’agramaticalidad’’, pues las normas de la gramática para nombrar un cuerpo se ponen en cuestión. Es nuestro cuerpo el que se desvía de las prescripciones de la naturaleza y no los códigos de lectura que claramente son insuficientes para dar cuenta de nuestro cuerpo.

A lo que habitualmente es considerado del orden de la naturaleza, de la biología, del sexo, o de la verdad, se revela una consecuencia de una interpretación cultural. De ahí que Judith Butler, Diana Fuss y Paúl Preciado nos adviertan de que el sexo siempre ha sido género, o de que el binomio natural-cultural es cultural.

La transexualidad está catalogada desde 1980 como un trastorno mental. Actualmente los manuales de enfermedades mentales DSM-IV-R (elaborado por la American Psychiatric Association- APA) y CIE-10 (de la Organización Mundial de la Salud-OMS) nos establecen bajo los nombres de “trastorno de la identidad sexual’’, ‘’disforia de género” o como “desordenes de la identidad de género”. Este marco normativo lo menciono para esclarecer que, si bien como mujer trans no devengo un cuerpo sexuado como ‘’femenino/hembra’’, devengo un cuerpo patologizado que solo logra existir discursivamente como ‘’desviado, anormal, enfermo, disfórico, o desordenado’’. Son estas asimetrías de poder desde los discursos patriarcales de la medicina, la biología, la religión y el feminismo radical donde el ‘’yo patriarcal’’ (como le estableció la feminista Florence Thomas a las dinámicas patriarcales lideradas por cuerpos femeninos) que han ocasionado que devengamos un cuerpo estigmatizado y marginalizado.

Yo he devenido este cuerpo que se le ha rebeldizado al sistema durante 15 años, y de los cuales 7 he venido enunciándome políticamente como trans-feminista. Fue precisamente por la vulnerabilidad, discriminación y exclusión que sufrí en toda mi experiencia de vida infantil, pre- adolescente y adolescente en contextos como la escuela que en el grado noveno de bachiller empecé a pensarme un proyecto de investigación que le entregaría al colegio antes de graduarme y que daría cuenta de las violencias que sufríamos las y los estudiantes que nos salimos de la heteronorma. Y es que son los y las profesoras, directivos, pactos de convivencia y planes de aula los que actúan de manera transversal como guardianes del orden del género. Recuerdo que a la edad de 14 años empezaba a aproximarme a la literatura feminista de mujeres cisgénero que araron mi camino como Florence Thomas, Joan Scott, Simone de Beauvoir, Gloria Anzaldúa, Mara Viveros, Adrienne Rich, Herietta Moore, Silvia Federecci, Angela Davis, Audre Lorde y teóricxs queer y trans como Judith Butler, Paul Preciado, Miquel Missé y trans feministas latinoamericanas como Lohana Berkins, Diana Maffia, Diana Sacayán y poetas trans como Susy Shock. Todas estas brillantes y diversas mujeres aportaron al marco teórico de mi proyecto y, junto a mi resistencia y perseverancia, logré que mi colegio Liceo Departamental Cali fuese el primer colegio a nivel departamental y el segundo a nivel nacional en transformar su manual de convivencia misógino, homofóbico y transfóbico en un manual de convivencia incluyente. La luz intelectual y la fuerza para habitar el mundo de todas estas mujeres (cisgéneros y trans) fueron las que también me permitieran ganarme una beca con el Departamento de Estado de Estados Unidos para ir a estudiar y re-significar, no solo mi ser trans, sino también mi ser ciudadana del sur global en ese país.

Eso que algunas feministas radicales llaman ‘’contradictorio’’ y ‘’circular’’ con relación a la teoría queer sobre el sistema sexo-género (expuesto anteriormente) que fundamenta las bases de nuestro movimiento de mujeres trans no es más que un desconocimiento sobre las experiencias de cada tránsito. Como también mencioné anteriormente, ‘’trans’’ es solo un término ‘’sombrilla’’, y el que englobe es causal de confusiones.

Las compañeras transgénero somos quienes reivindicamos el ser una mujer con pene. Somos quienes desde las construcciones individuales y colectivas de nuestra feminidad establecemos una ruptura explícita con el sistema sexo-género. Algunas, como yo, sólo nos sometemos a tránsitos químicos a través de terapias de reemplazo hormonal para renunciar tangencialmente a la lectura que la testosterona influye en la determinación de la fisiología y el lugar de un cuerpo. Para estar en sintonía con nuestro sentir, habitar y construir sociedad siendo mujeres con pene, pero también con senos y con caderas producto de los estrógenos. Porque sí, porque al menos a mí se me da la gana hacerlo, porque para algunas no hacerlo es motivo para que la negación de su autonomía sea ejercida con mayor ímpetu.

Las compañeras transexuales (de nuevo, término médico) son las que sienten necesario someterse a procesos que, sexólogxs y sociólogxs trans como Miquel Missé, establecen como ‘’procesos de normalización de los cuerpos trans’’. Ellas sienten necesario someterse a cirugías de reasignación sexual (o reafirmación, según el sentir de la mujer). Las compañeras no sólo le apuestan a apropiarse del discurso de la ‘’enfermedad’’ y asumirlo como propio, sino girarlo, invertirlo, subvertirlo y lanzar todas estas preguntas sobre la encarnación y materialización del ser ‘’mujer’’ a la sociedad misma. Podemos observar el triunfo del patriarcado representado en los esencialismos ‘’mujer-vagina’’, pero éstos nunca son culpa de ellas, ni de nosotras, ni de los feminismos; si de culpables se tratase, siempre estará el entramado socio-cultural que se mueve en función de la matriz binómica debatida y confrontada a lo largo de estas luchas.

Para ninguna de las dos, tanto transgéneros como transexuales, la hormonación y los procesos quirúrgicos significan una finalización del tránsito. Ambas somos hackers de la anatomía institucionalizada. Ambas entendemos los tránsitos como asuntos fluídos. Ambas comprendemos que las identidades nunca serán asuntos estables.

Establecer un ‘’privilegio’’ sobre las mujeres trans al mencionar que hemos sido ‘’socializadas como hombres’’ evidencia, nuevamente, una falta de comprensión de las performativas del género, de sus representaciones culturales, de sus transgresiones, de los procesos de individualización, subjetivación, de la orientación sexual y de la expresión de género.

Yo nunca he contado con el privilegio de ser socializada como ‘’hombre’’ (con todas las connotaciones patriarcales que ello conlleva). Yo nunca he encajado en la categoría ‘’hombre’, por todo lo anterior y por todo lo que me con-forma. Desde mis 5 años he tenido que soportar arbitrariamente el ser leída como ‘’maricón’’, ‘’gay’’ y ‘marica’’ sin serlo, por los crímenes de haber gustado de jugar con muñecas en el descanso cuando estaba en transición, porque nunca me gustó jugar fútbol, porque no me gustaban los juegos que involucraran fuerza, porque era un ‘’niño gordo’’ con cabello largo y rasgos andróginos. Porque en segundo de primaria no me reunía con todos los niños en una esquina del salón a ver pornografía heterosexual, porque no pertenecía al grupo de los violentos que ejercían bullying en función de alguna característica fenotípica o de clase hacia otrxs estudiantes. Porque voluntariamente me hacía en la fila de ‘’niñas’’ cuando el profesor de educación física establecía filas basadas en género. Porque fui buena estudiante, porque me sentaba bien en el salón, porque en sexto me hacía trenzas en el cabello, porque en octavo me maquillé por primera vez, y porque en noveno de bachiller me reconocí como mujer trans e inicié mi tránsito consciente y político hacia lo femenino.

Actualmente a mis 20 años de edad no me han pagado más que a una mujer cisgénero en un trabajo, ni han escuchado mis propuestas y/o proyectos en la institucionalidad por encima de los de las compañeras cisgénero. Me acosan con ‘’piropos’’ y me persiguen cuando habito el espacio público. Los machos heterosexuales y heteronormados me perciben como ‘’mujer’’, y no como una mujer trans, sino como una mujer cisgénero con todos los privilegios que mi cuerpo encarna en la esfera pública y en el pensamiento colonial (rubia, alta y delgada). Yo no puedo confrontar a machos violentos de la misma manera en que lo hacen las compañeras cisgénero (aunque quisiera), pues si me volteo a confrontarlos y escuchan mi voz trans, mi vida correría peligro. Podrían arremeter en mi contra agrediéndome psicológicamente, verbalmente o físicamente porque para ellos el ejercicio de reconocer un cuerpo trans es también un ejercicio de negación de mi ‘’ser mujer’'. En la idiosincrasia del macho son las mujeres cisgénero a quienes ‘’no se les toca ni con el pétalo de una rosa’’ (reconozco la benevolencia y ambivalencia de esta forma de machismo), pero son los cuerpos feminizados de mujeres trans, mujeres lesbianas y hombres gay femeninos los que parecieran merecer la violación y los asesinatos como actos de reafirmación del lugar socialmente esperado. El espectro de lo ‘'femenino’' en un contexto patriarcal es lo que ‘'lo masculino’' (en este caso los hombres violentos) puede malear y determinar su futuro, su accesibilidad y su permanencia.

Las mujeres trans también devenimos un cuerpo sexualizado, exotizado, mercantilizado y explotado por cuanto habitamos feminidad. Las mujeres trans sólo existimos como cuerpo del deseo, bajo la sombra del morbo de hombres. Cuando se coloca la palabra ‘’travesti’’ en algún buscador web, los primeros resultados obtenidos son ‘’links’’ de páginas pornográficas que, incluso, han consolidado toda una categoría sexual donde nuestras disidencias son exotizadas. Son los hombres quienes consumen y para los que se crea este contenido. Las mujeres trans no somos vistas como sujetas dignas de amar y ser amadas. Para las mujeres trans acceder a una educación superior, con relación a nuestra población, sigue siendo un privilegio; a las que accedemos, nos obligan constantemente a demostrar no solo que somos ‘’lo suficientemente mujeres’’, sino que somos lo ‘’suficientemente inteligentes’’ para permanecer. A las que no, son obligadas a emplearse en trabajos marginalizados como la prostitución (incluso a través de plataformas web) o la peluquería, aclarando que si bien no son sinónimos de deshonra o retroceso, se tornan violentos al ser la única estrategia de supervivencia de la mayoría de la población.

Finalmente, quiero aclarar que la invitación nunca debe ser a “debatir” cuando las sujetas subalternas somos objeto de cuestionamientos. Propiciar por un “debate” entre mujeres cisgénero transfeminifóbicas y mujeres trans es entrar, de manera lacerante, a cuestionar la suficiencia del ser “mujer” de los cuerpos trans. Las preguntas que mediarían la “discusión” (que en realidad serían ataques reiterativos con cada argumento) indagarían, entre otras, por si las mujeres trans somos lo suficientemente mujeres para hacer parte del movimiento de mujeres, o si las mujeres trans sufrimos las violencias que sufren las compañeras cisgénero. En el momento en que el termómetro de las violencias es puesto en medio para legitimar la participación de nosotras se está fraccionando, excluyendo y cuestionando a las mismas oprimidas en una retórica ultraderechista que se preocupa por exaltar a las más oprimidas dentro de las oprimidas. Toda esta controversia (necesaria como ejercicio de reivindicación) revela la incongruencia discursiva de quienes se enuncian como feministas cisgénero y no han interiorizado en sus vidas los objetivos globales del movimiento. Los feminismos eficaces son los que luchan contra toda forma de discriminación y opresión patriarcal, capitalista, neoliberal y racista. Es por todo lo anterior que no se puede ingresar a la controversia haciendo un llamado a la mediación que suponga poner a las trans, a las subalternas y alterizadas a interactuar pacíficamente con el macho opresor que yace sobre las victimarias y que nos está matando, simbólicamente. La palabra siempre será PEDAGOGÍA. Pedagogía interseccional para existir, resistir y re-existir.

Con toda mi rebeldía, desobediencia, terquedad y afectos, una trans puesta en disputa.

Pdta 1: Esta carga es pública. Autorizo su difusión con propósitos académicos y pedagógicos. Aprovecho las exhortaciones para agradecer a las compañeras feministas cisgénero que reconocen la importancia de la unidad y el trabajo mancomunado. Les abrazo y honro en la lucha.

Pdta 2: Esta carta está enmarcada en un ejercicio autoetnográfico; es decir, da cuenta de mis experiencias individuales en el habitar, teorizar, reivindicar y construir constantemente mi feminidad. Busca evidenciar el entramado conceptual que informa nuestra mirada sobre los cuerpos, a lo que permanecemos ciegas/os cuando creemos ver un cuerpo en su desnudez, en su supuesta verdad o naturaleza. No puede ser, bajo ningún motivo, utilizada como experiencia única de medición para la multiplicidad de formas posibles de habitar una identidad trans y las distintas opresiones que sujetas trans políticamente negras, indígenas y periféricas enfrentan a diario en una sociedad desigual.

 

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