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Clandestinas Las Otras Mujeres De Aquella Colombia Profunda

Español
Autor: 
Camilo Insuast

Fotografía: Clara Zetkin - Farianas Nunca Invisibles.

Red Internacional de Solidaridad con las Prisioneras y Prisioneros Politicos Colombianos.


En un esfuerzo por aproximarnos a otra mirada de lo que ha sido el largo conflicto colombiano y de las personas que participaron directamente en el mismo, abordamos las experiencias personales de mujeres que integraron uno de los grupos insurgentes en Colombia, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC – EP, que hoy han hecho su tránsito hacia la legalidad.

Con ese propósito se realizaron una serie de entrevistas en el marco de la Iniciativa de Memoria Histórica Nunca invisibles: Memorias de mujeres de las FARC,  que ha sido acompañada y apoyada por el Centro Nacional de Memoria Histórica y el gobierno de Canadá a través del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD.

En esta entrega seleccionamos testimonios de tres mujeres urbanas que hicieron parte de las FARC – EP como militantes clandestinas. De las mujeres clandestinas poco se conoce porque por lo general se asume que la pertenencia al grupo insurgente necesariamente implicaba el uso de las armas y no siempre fue así. Muchas mujeres clandestinas también asumieron los riesgos propios de su decisión política, muchas vivieron la experiencia de la cárcel, de la tortura y la muerte.

Las mujeres a las que entrevistamos nos compartieron generosamente sus vivencias y miradas sobre el conflicto interno colombiano contemporáneo. Sin sus voces el mega-relato de Memoria Histórica en Colombia estaría incompleto. Tanto las mujeres clandestinas, como las ex combatientes, hoy le apuestan a la verdad, a la reconciliación y la construcción de la paz. La otra parte le corresponde a la sociedad que las recibe.

Resulta paradójico que después de firmado el Acuerdo de La Habana sus voces se enfrenten aún a la censura en tiempos de memoria y paz, por eso aquí compartimos respetando su integridad, las historias de estas tres mujeres urbanas que asumieron la clandestinidad desde las aulas de colegios y universidades, desde la vida en el barrio y en medio de la comunidad. 

Natalia

¿Cómo era tu vida antes de iniciar tu militancia política?

Yo era una chica de barrio popular, estudié y toda mi vida se desenvolvió [en el barrio]; fue en el barrio en donde me acerqué a la militancia política por medio de los procesos culturales y artísticos que eran dirigidos por camaradas del Partido. Por esta razón desde muy pequeña me vinculé a la Juventud Comunista (JUCO) y por lo tanto no recuerdo muy bien como era mi vida antes de la militancia.

 A veces me imagino que sería como una chica de las que hay en el barrio, quizá con varios hijos, de pronto sin haber terminado el colegio… con la vinculación política se me abrieron otros espacios, como que se me abrió el mundo por decirlo así.

¿Qué sucedió contigo una vez asumiste una militancia?

Pues lo más importante una vez que ingresé es que en ese momento se estaban adelantando los diálogos del Caguán, eso me permitió entender políticamente el país, ya que yo no entendía muy bien muchas cosas, pero creo que eso me dio la luz del mundo. Por medio de la militancia... se me abrieron las puertas no solo del aspecto político sino cultural, artístico y humano. Me vinculé gracias a un camarada que era estudiante del colegio que siempre nos invitaba, nos pasaba textos, discutíamos sobre ellos.

Una en este camino no encuentra un solo maestro, sino que a medida que avanza encuentra referentes, hombres y mujeres comprometidos que han dado su vida por ello, por el compromiso político que asumieron y te han guiado. Acá una no se forma sola sino que todo es muy colectivo.

A partir de tu ingreso a la militancia, ¿qué retos surgieron para ti, tanto en tu vida personal como en el plano político?

En lo personal, el estar en contra de la sociedad en muchos aspectos, como ir en contra de la corriente y eso está vinculado estrechamente con lo político… por eso el primer reto fue formarme académica y políticamente para responder a la organización y a lo que queríamos: la transformación de la sociedad. En ello se asumen riesgos físicos, personales y espirituales y es que una pone toda su fuerza y todo su empeño en el objetivo de la transformación social.

¿Cuál fue la reacción de tus padres frente a tu decisión de ingresar a la militancia política?

Pues mis papás siempre han sido como muy democráticos y muy críticos, no de izquierda, pero sí personas muy críticas. Lo primero es que tuvimos conocidos en la década de los 80 y 90 que pertenecían al M-19 y eso les infundió un miedo a mis padres por todo aquello de las torturas, las desapariciones y todo lo relacionado a la persecución, porque ellos han sido conscientes de que esos son los gajes del oficio. Les dio muy duro en la época de la Seguridad Democrática ya que era muy traumático para ellos pensar en temas como la cárcel, la muerte o desaparición. Sin embargo, y aunque nos encontramos en una etapa de paz, aún sigue siendo difícil para ellos.

¿Cómo fue tu evolución dentro del trabajo político y militante?

Yo siempre me he enfocado en la parte académica y pedagógica dentro de la organización, siempre me ha gustado estar en los equipos de formación, en los equipos de género, trabajando con las mujeres. Soy licenciada y el guiar a otras personas para las transformaciones es lo que más me mueve ya que para nosotros los revolucionarios y las revolucionarias la educación es lo más importante y lo que debemos siempre promover.

En tu vivencia personal, ¿qué aspectos positivos y situaciones negativas te ha dejado tu tránsito por la militancia política?

Lo más positivo que me ha dejado son los sueños cumplidos y las personas que he conocido, tanto las que están y las que ya no están. Son los seres más bonitos del mundo puesto que son capaces de dar su vida por otras personas y para que otras personas vivan dignamente. Respecto a lo negativo han sido los compañeros y compañeras que han caído en prisión, los que han sido asesinados, aquellos que una quisiera que siguieran aquí y creo que todos cargamos con eso. Es algo que no quisiera volver a repetir, la ausencia de personas queridas.

¿Cómo sobrellevar esa carga y al mismo tiempo seguir con la convicción y la militancia política?

Una debe tener claro que ellos murieron por eso y sería inconsecuente dejarlos morir en el sentido figurado, su memoria. Y es que ya hicimos todos un compromiso quizá no explícito, pero …un compromiso de por vida por ellos, por uno, por la sociedad y eso lo puedo sobrellevar por el amor al cambio.

¿Cuáles fueron tus mayores dificultades en materia de seguridad?

Yo estudiaba en una universidad pública y tuvimos un paro muy fuerte en el 2006 y el 2007 y fuimos amenazados por parte de organismos paraestatales, por lo que debí irme a estudiar a otra ciudad. El desplazamiento, así sea interno, conlleva a muchas pérdidas espirituales, de amistad, familiares. Además, allá a donde fui fue duro, no era un nido de rosas ya que otros compañeros habían sido capturados, entonces tocaba recomponer y mantener el trabajo.

Cuando se reciben amenazas, hay personas que pueden optar por salir del país; yo no tuve esa posibilidad, tuve que ir durante un tiempo a la guerrilla para salvaguardar mi vida, pero entonces el estudio y la vida quedan truncados… Y es que es un cambio abrupto el paso de la ciudad a esas otras dinámicas. Sin embargo, también fue una experiencia que me permitió conocer la realidad y el contexto de mis compañeros en armas.

¿Qué dijo tu familia?, ¿no te pidieron que dejaras la militancia política?

No, ellos ya se habían dado cuenta de que ya no había vuelta atrás. Lo único que me pedían era que me cuidara y que pensara en ellos y en vivir. Ellos ya en un momento se volvieron muy comprensivos y me dijeron: “Haga lo que tenga que hacer siempre y cuando esté viva”; o sea, si se tiene que ir para allá, o si se tiene que ir del país, aunque no teníamos las posibilidades económicas, pero el apoyo emocional siempre fue incondicional. Ellos me decían: “Usted ya no se va echar para atrás, solo le toca cuidarse” y mi mamá me decía que era peor si me salía porque no iba a tener el apoyo de mis compañeros.

¿Cómo viste y percibiste el mundo de tus compañeros en armas?

Yo creo que para nosotros es una cuestión muy diferente a una persona civil, sin militancia política. En ese tiempo era muy difícil ver a los compañeros (después del Caguán todo se volvió muy difícil en cuanto a la comunicación y otros aspectos). Llegar allá, conocerlos y humanizarlos es algo importante. Y es que uno piensa: un guerrillero es como un robot, uno inconscientemente no humaniza a las personas. Lo mismo con un militar, uno pensaba que el militar es una categoría y no como una categoría de persona, sino como si no fuese una persona con familia o sentimientos… así lo vuelve a uno la guerra.

Pero ver a los compañeros con distintos sentimientos, con aburrimiento, con alegría, con tristeza, enamorados, desenamorados, despechados, es lo que me parece más bonito y es el encontrar gente que tiene el corazón tan grande que son capaces de dar la vida por otras personas en las condiciones más difíciles. Dormir en el piso, caminar en la noche, cocinar con leña, cargar su cobija, cargar el mercado, todo ello es difícil y hacerlo por convicción… Creo que no hay nada más que decir frente a las personas que sean capaces de dejar su comodidad; sean pobres o no, usted está más cómodo en su casa que en el monte. Para mí fue como encontrar a las personas más altruistas del universo… los hombres y mujeres que realmente son capaces de dejar la vida en la arena.

Estamos en medio de un post acuerdo derivado del proceso de paz en La Habana, un nuevo panorama político en el país. ¿Qué nuevos retos te suscita esta etapa?

Se nos vienen muchos retos, los dos principales son el político en cuanto a la preparación individual y colectiva para afrontar todo lo que como partido estamos proyectando y los retos organizativos, es decir, que la dinámica del país no absorba nuestro trabajo de base. Como colectividad debemos crecer como personas, en perspectiva, y estar a la altura del momento, formándonos académicamente, colectivamente y mantener la unidad como partido político.

Manuela 

¿Cómo era tu vida antes de iniciar tu militancia política?

Antes de ingresar al movimiento yo entré a estudiar artes gráficas, después trabajé y me desempeñé como sindicalista y luego empecé mi carrera universitaria. Yo de alguna manera ya tenía una madurez a mis 23 años y sabía la perspectiva política que buscaba. El haber sido sindicalista me había dado cierta formación.

Mi abuelita es campesina del Tolima. Allá se escuchaban historias de Manuel y como tal había una influencia marcada. Mi familia siempre fue de izquierda, aunque sin militar propiamente en los movimientos.

¿No hubo resistencia por parte de tu familia tras tu decisión de ingresar al movimiento? ¿Cómo se dio ese ingreso?

No, resistencia no. Un poco de miedo porque ellos sabían los peligros que ello implicaba, pero respetaron mi decisión. Lo primero fue que entré al Partido Clandestino e hicimos una jornada de pintas en la que me sentí muy bien y desde ahí empezó el trabajo organizativo, estudiantil, grupos de estudio y buscando la forma de que la organización creciera

¿Cómo cambió tu vida personal al pasar al movimiento clandestino?

Realmente fue una experiencia muy enriquecedora porque aprendí muchas cosas que si una no está adentro no las llegaría a conocer, como el cuidado personal, el cambiar las rutas, el tema de seguridad y proteger a los otros compañeros, eso fue una experiencia nueva para mí y de gran importancia porque una aprende a trabajar colectivamente por algo, que no es lo mismo que luchar individualmente en búsqueda de objetivos.

Los viajes que eran a zonas rurales siempre se hicieron con mucho temor, puesto que el ejército siempre estaba pendiente de la gente que entraba a zona. Y es que una como urbana es muy reconocible, por más de que se intente disimular era muy difícil. Igualmente en la ciudad era difícil… cosas que implicaron riesgos pero se debieron asumir.

¿Cuál era tu nombre en la clandestinidad y cómo se asimila esa nueva identidad a nivel personal?

Tuve varios nombres, inicié siendo Alicia y terminé siendo Manuela y realmente yo me sentía más en ese momento como Manuela o Alicia que la misma identidad mía pues porque en esencia soy un ser revolucionario y soy más eso que la otra identidad.

¿Qué enseñanzas te dejó tu paso por la militancia política clandestina?

Una no termina de aprender, una no es un ser terminado. Esto es algo diario, de construirse como persona constantemente. Y es que el sistema capitalista está lleno de antivalores que van en contravía de la naturaleza humana y básicamente es un aprendizaje diario de entender temas como el machismo, el patriarcado, las relaciones de poder que son temas nuevos porque antes se discutían otros temas como el defender la vida. Pero ahora una se cuestiona, se reevalúa cada vez más tratando de quitar esos antivalores presentes en la sociedad y formando un sujeto revolucionario coherente con nuestra ideología y lo que somos.

La experiencia revolucionaria a mí me llena de orgullo porque una siempre aprende de los compañeros y de todo lo que tocó hacer, así como a una le tocó recibir órdenes, también tocó orientar labores y todo ello es un aprendizaje para la vida y creo que el que no ha sido militante no entenderá la dimensión de lo que es estar en una organización colectiva, de nuestros compañeros que ya no están con nosotros. Todas estas enseñanzas llenan de orgullo y entereza.

E: Estamos en medio de un post acuerdo derivado del proceso de paz en La Habana, un nuevo panorama político en el país. ¿Qué nuevos retos te suscita personalmente esta etapa?

Siempre contribuir a la unidad de nuestro partido, al constante trabajo político con la gente y me siento muy feliz de poder estar acá dentro del partido. Ahora dejamos las armas pero tenemos la misma convicción. Quiero seguir realizándome como profesional y como persona y sobretodo, aspiro a ser una mujer libre.

Ángela

¿Cómo era tu vida antes de iniciar en la militancia política?

Pues difícil porque yo inicié la militancia a los 14 años. Antes estaba en la escuela y en aquellos momentos del juego, los amigos, el barrio, la bicicleta que ha sido muy importante en mi historia de vida. Desde pequeña aprendí a montar bicicleta ya que recuerdo que decían que la bicicleta no era para las niñas y por eso para mí era importante aprender a montar bicicleta: mis hermanos mayores no montaban bicicleta y yo sí.

 Mi vida era eso, el juego con los amigos en el barrio, un barrio rural, la zona del páramo de Bogotá, el primer barrio de la localidad de Ciudad Bolívar. Un barrio donde nos tocaba recoger el agua a una hora, al estilo del campo, eran ranchos. El teléfono más cercano quedaba como a media hora caminando. Era un teléfono de esas cabinas amarillas en un poste abandonado, aunque el señor de la tienda lo cuidaba. Recuerdo ver mucho campo en esa época, era un territorio muy tranquilo hasta que empezó a llegar la urbanización más grande que ahora conocemos que son las ladrilleras, a razón del desplazamiento que empezó en el año 1996.

¿Qué te pasó a los 14 años, qué te llevó a repensar el mundo desde la militancia política?

Yo creo que los mismos amigos y el territorio, la gente que me rodeaba, familia que tenía cosas claras políticamente y, más que nada, los amigos. Yo tenía amigos rockeros que para ese momento era como la forma de hacer resistencia, amigos que montaban tabla. Aprendí entonces a montar tabla, en el colegio con esto del fuchi. El colegio también influye mucho porque yo me meto es por la parte de las artes y empiezo hacer una obra de teatro llamada Siervo sin tierra, y esa obra me permite darme cuenta de que lo mío era hacia el lado de la izquierda, de la gente roja.

Desde ahí empieza en el grado sexto a forjarse un poco más este proceso y ya pues mi cuñada estuvo ahí marcando este camino que es muy lindo, en donde se me enseñó a ser crítica, a pensar más allá, a ver qué estaba pasando en los territorios. Ella era profe y estaba todo el tiempo enseñándonos cosas... Mi mamá por su historia también de verraquera, como muchas mujeres del sur de Bogotá a las que les tocó guerrearse con cinco chinos en el campo, pues porque Bogotá tiene campo,[ella] también es un ejemplo para haber seguido el camino de la resistencia

¿En ese momento qué retos personales llegaron para ti en la militancia y cómo lo tomó tu familia?

Pues mi familia siempre lo ha sabido y para ellos siempre será difícil. Mi mamá siempre dice: “usted siempre está allá gritando y en cada revuelta usted está allá” pero ella sabe que es mi forma de vivir. No es tanto una cuestión de qué es lo que piensa mi familia sino también cómo yo aprendí a construir cosas que me permitieron salir de esa institución, la familia. Mis hermanos por su parte en algún momento fueron cercanos por esa misma relación con mi cuñada, entonces no es una relación tan compleja, aunque si hay diferencias por el hecho de estar en lo urbano. Me construí desde el colegio, desde lo académico, soy una persona que hace una propuesta de resistencia desde lo académico por ser una mujer popular, negra, campesina que le toca luchársela desde ahí. Por ello le apuesto a la academia desde un lugar de resistencia.

¿Cómo fue tu evolución, el paso a paso dentro de la militancia política?

Como a los 16 años ya tenía gente en el colegio; a los 18 o 19 años hacía militancia en una universidad, luego asumo más el papel de miliciana con mucho trabajo en los barrios. Pero el trabajo universitario siempre estuvo vinculado con los barrios y se empieza a organizar gente barrio-universidad y para que los universitarios vayan a los barrios a hacer proceso pedagógico, porque siempre la educación ha estado guiando mi camino político.

Cuando empieza el proceso de paz hago un trabajo artístico en Icononzo, con los mismos compañeros, una obra con la ayuda de la compañera Valentina, una mujer que tiene un conocimiento muy amplio. Ella empezó a construir algo que se llamó Tejiendo Historias de Resistencia, que fue en el marco de los 53 años de la insurgencia, antes de la dejación de armas.

Luego empiezo un camino como profe de un diplomado con la Universidad Nacional, también en el marco del proceso de paz. Es el primer diplomado de mujer y género y diversidades que se hizo en las 22 zonas conocidas como las ETCR, en donde se capacitó a unas 250 personas. He venido haciendo el proceso pedagógico en el ámbito de mujeres principalmente.

¿En términos personales qué ha significado tu paso por la militancia política en un país como Colombia?

Ha sido un proceso que le permite a una tener mucha formación... como una forma de hacer catarsis con el individuo, un individuo autónomo, que pueda sobrevivir en diferentes ámbitos, ser guerrera en diferentes aspectos que va mucho más allá de lo bélico, guerrera de la vida, de hacer, de conseguir, de avanzar y siempre tener una mirada crítica del país.

Aspectos difíciles siempre han sido la seguridad, los rumores dentro y fuera del proceso, la muerte de compañeros por culpa de una guerra que también en cierta medida termina siendo ajena, la distancia con la familia para salvaguardar a los seres queridos, pero también las dificultades han hecho que una sea más verraca, más valiente, como se dice, más echada pa’ delante.

Estamos en medio de un post acuerdo derivado del proceso de paz en La Habana, un nuevo panorama político en el país. ¿Qué nuevos retos te suscita personalmente esta etapa?

Siempre una está en la tarea de pensar en el futuro, en que las nuevas generaciones tengan sus territorios en paz. A los niños, las niñas, los jóvenes todos los que vienen les vamos a dejar básicamente lugares de paz, que es algo que se construye a través del amor, pero es algo aún muy difícil ya que el país es bastante violento, un país en el que militarizar al otro ha sido la única opción de vida.

La expectativa que tengo es que el proceso de paz se expanda por los territorios en términos de gobierno, aunque dada la coyuntura es difícil. Pero la resistencia está en los barrios, con los campesinos, es al pueblo el que se le debe seguir apostando y más desde la no violencia. La militancia me ha dejado mucho amor por este país y el saber tomar decisiones, que es lo más difícil, estar siempre con la gente, estar con los que son del común, como lo diríamos en términos populares estar con los del gueto, con los del grafiti, con los que hacen pintura, danza, teatro, con los que están en la calle, dolidos con esta patria que ha dejado huellas.

Tomado de: https://www.inspp.org/news/peace-discussions/clandestinas--las-otras-muj...

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