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Contarnos con nuestras propias manos

Español
Autor: 
Comité de Género del ETCR El Negro Eliécer Gaitán

LA VOZ EN NUESTRAS MANOS

Los científicos dicen que estamos hechas de átomos, pero un pajarito le contó a Eduardo Galeano que estamos hechas de historias. Y al animalito le creemos más, por toda la sabiduría de los árboles y los secretos de las montañas que guarda en sus alas.

Durante mucho tiempo nos centramos más en el hacer que en el contar. El trabajo para la subsistencia, la política, la lucha guerrillera, la paz han ocupado nuestros cuerpos y nuestras mentes de manera casi absoluta. Ha llegado la hora de escribir, de acompañar y enriquecer la práctica con nuestras historias, con la memoria de lo que hemos hecho y los aprendizajes que adquirimos.

Contar esas historias, contarnos a nosotras mismas es una forma de conocernos, de saber qué somos.

¿Pero por dónde empezar? ¿Qué contar y cómo hacerlo?

Sentadas en los pupitres de un aula o en la biblioteca, varias mujeres del Comité de Género del Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) “El Negro Eliécer Gaitán”, en Caño Indio, Tibú, Norte de Santander, elaboramos este proyecto: un cuaderno que recogiera algunas historias propias.

Decidimos que nuestra voz debía surgir desde la alegría de la cotidianidad en tiempos de guerra; de los retos que implica ser mujeres en un mundo pensado para los hombres y de las infinitas posibilidades que abre la paz.

Unas teníamos alguna experiencia en la escritura, otras ninguna; pero todas sentimos la motivación de compartir las historias sin mediaciones, hechas con nuestras propias manos.

CORPORDINCO nos dio la oportunidad de materializar esa idea, a través del concurso de iniciativas culturales que se realizó como cierre del curso “Mujeres y niñas constructoras de paz”.

Este es el resultado: una provocación, un cuaderno como invitación a seguir escribiendo aderezado con historias que habitan en ocho mujeres que, desde distintas experiencias, participamos en la lucha de las FARC-EP y ahora trabajamos en la construcción de la paz con justicia social de Colombia. Historias que son un pedacito de nosotras y el arranque para un ejercicio más ambicioso: narrar nuestras vidas.

Esperamos sean tentadas, que sirva para convocar a otras mujeres a que escriban las suyas. Porque todavía las mujeres tenemos mucho por decir.

Violeta Narváez

 

SOBRE NO ENCAJAR EN LOS ESTÁNDARES DE LO QUE "DEBERÍA" SER UNA MUJER

Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada ni vengo a quejarme. Me parece formidable y me alegro por todas a las que les convienen las cosas tal y como son. Lo digo sin la menor ironía. Simplemente, yo no formo parte de ellas. Seguramente yo no escribiría lo que escribo si fuera guapa, tan guapa como para cambiar la actitud de todos los hombres con los que me cruzo. Yo hablo como proletaria de la feminidad.

Virginie Despentes (“Teoría King Kong”)

En algunas oportunidades cuando tenía que conversar con un grupo de mujeres en sentido ocioso, se repetía el comentario “deberías ser más femenina”. Qué decir de las críticas al aspecto físico y los múltiples “consejos” para disimular lo que llaman defectos y que en realidad son partes integrantes de una persona. Cuando interactuaba con hombres, eran comunes frases como “esa forma de hablar no le queda bien a una mujer” o “deberías controlar el genio, ser más calmada”, lo que se traduciría en ser más sumisa y aceptar lo que otros dicen o hacer las cosas como lo digan los demás; como si cualquier respuesta que no conviene siempre fuera una exageración.

El “manual de la buena chica” dice que no se puede demostrar ira o indignación. Son emociones reservadas para los niños y los hombres. Para las mujeres están a la orden del día los comentarios de ser demasiado agresiva, demasiado seria, demasiado ruidosa, demasiado gorda y así se sigue reproduciendo la cultura de no respetar la individualidad, de generalizar para tratar de encajar en estándares predeterminados. No es inocente. Ignorar a alguien hace que pierda el criterio propio y le sea más fácil obedecer, porque si sus opiniones son respetadas será más independiente. Esta actuación de la dominación se aplica mucho a las mujeres, como me pasó a mí.

Lo importante es entender que no se debe encajar en nada. De estas tonterías ya hemos tenido bastante, y con ellas se ha dañado a muchas niñas y se violenta a jóvenes o ancianas, que no pueden vivir con felicidad su corporalidad y su sexualidad.

Las historias de violencia por género son cotidianas y pocas ven la luz. Las hemos normalizado como a cualquier otra forma de violencia, pero no por eso son justas. Debemos entender que ser mujeres es también una experiencia política. Tiene que hacernos mirar a otras mujeres, que nos ayudan a escribir otras historias sobre ser mujer que rompen con el modelo en que casi ninguna de nosotras cabe, un corsé asfixiante más que un modelo de lo posible.

Esperanza

 

PEQUEÑA Y GIGANTE

Cuando ingresé a las FARC-EP tenía 13 años. Por la edad casi no me reciben, pero yo quería estar ahí.

En seguida empecé el curso básico militar. Al principio estaba muy asustada porque los camaradas más antiguos nos decían que “el básico” era muy duro para los que no estábamos acostumbrados a la vida en el monte. Había que hacer mucho esfuerzo físico, tener resistencia y fuerza.

Yo pensaba que no iba a aguantar porque era muy pequeña (en tres sentidos: mi edad, 1.40 m de estatura y 40kg de peso). Con esas condiciones, ¿cómo pasar todo el curso?

Había que hacer todo lo del orden cerrado: compases, marchar, dar giros (derecha, izquierda, media vuelta…) y abierto: cruzar obstáculos, caminar de día y de noche, el salto del tigre, el salto contra guerrilla por encima de unas lonas llenas de arena 23.45, abdominales, flexiones de pecho, salto del canguro, el salto de la ventana, el pase mano, la escalera, pasar por una vara para equilibrio.

Se partía de que las mujeres y los hombres éramos iguales. Quizás en algunos casos los hombres poseen más fuerza que nosotras, pero yo tenía más habilidades para hacer varios ejercicios que muchos hombres.

En mi “básico” éramos 80 unidades, dispuestas a pasar un curso de 8 meses, pero cuando llevábamos 2 meses y medio, me aprobaron porque ya tenía todos los conocimientos necesarios.

Mis entrenadores me ponían buena calificación. Decían que parecía un resorte. Luego me aburría, porque no me ponían a repetir los ejercicios. Consideraban que ya los sabía. Los que más disfrutaba eran: abdominales, flexiones, los saltos…esos saltos en el aire sin tocar el piso que hacía en esa época y que ya no puedo. También me gustaban los compases del orden cerrado: se escuchaba bonito el paso de todos a un solo ritmo.

Me esforcé todo lo que pude y lo logré. En cada ejercicio que me salía me sentía gigante. Aprendí que no se necesita ser alta y forzuda para alcanzar las metas. Ser pequeña tiene sus ventajas: era muy ágil y como dice el dicho: los grandes solo son “acaba ropa” (sin ofender, jajaja).

Danny Dailing Contreras

 

¿POR QUÉ SER GUERRILLERA?

Ingresé por no querer vivir en las condiciones en las que viven las mujeres en el campo: la carga del trabajo de cuidado, la cocina, la cría de animales, la huerta. Con poco tiempo para ir a reuniones, para aprender otras cosas… Esa vida de las mujeres rurales en Colombia que, ante el abandono estatal, no garantiza un mejor futuro.

Cuando era niña me gustaba mucho estudiar. Las condiciones de pobreza de mis padres negaban la posibilidad de nutrición para un mejor desarrollo educativo. Las dificultades salariales y la falta de recursos para la escuelita de mi vereda hacían que los profesores no dieran clase todo el año y no podía pasar el grado. Solo pude estudiar hasta quinto de primaria. Luego, por las penurias económicas de mi casa y por ser mujer, mi papá no me dejó hacer el bachillerato.

La violencia intrafamiliar y la esperanza de tener una profesión que cambiara mi rutina de campesina, se complementó con la agresión paramilitar, donde perdimos lo poco que teníamos, hasta los familiares. Eso me hizo conocer las FARC-EP.

Por medio de mis primos milicianos, fui a pasar un curso básico militar. Además, en ese entonces tenía la ilusión de ser enfermera. En aquel curso, coincidió la conmemoración del 8 de marzo. Lo más importante para mí fue descubrir que existía un Día Internacional de la Mujer. Salimos de la rutina diaria. Se hizo un acto donde se resaltó el papel de las mujeres en la lucha guerrillera. ¡Yo quedé encantada! Decidí ingresar. Sabía que en esa vida podía cumplir mis sueños profesionales (al menos en la práctica) y ayudar a la gente.

Desde el inicio comencé a tener oportunidades distintas a las de mi vida previa. Como tenía cédula de identidad, algo poco común en el campo, empecé a trabajar como correo. Era “legal”. Podía pasar desapercibida por los controles de la policía y el ejército en las carreteras y mi condición de mujer campesina disipaba más aún cualquier sospecha. Esa tarea me permitió viajar a varios departamentos, incluyendo la antigua zona de despeje del Caguán. Era muy feliz, aportando a la organización y conociendo el país.

Luego me enseñaron lo básico de comunicación interna: el manejo del radio, tarea desempeñaba en caso de ser necesario. Ya los tiempos de ser correo habían terminado. El radio permitía un flujo de información más rápido y constante. Aunque algunos mensajes se seguían entregando “de mano en mano”, yo ya no desarrollaba ese trabajo.

Pasé un curso de enfermería. Por fin estaba cumpliendo mi sueño de ayudar a la gente desde la salud. Trabajé 9 años atendiendo a guerrillerada y población civil. Aprendí mucho. En medio de la guerra la labor de enfermería y la de medicina pierden los límites. Sin imaginar las dimensiones reales de lo que estaba haciendo, contribuí a cambiar las condiciones de vida de mucha gente.

También me permitieron aprender odontología. Durante algunos años combiné ambas tareas, hasta que decidí dedicarme más a la salud bucal. Hoy puedo hablar de 17 años de experiencia como odontóloga, con un saber aprendido fundamentalmente en la práctica y que solo en el marco del proceso de paz podrá ser reconocido.

Actualmente me encuentro homologando esos saberes. En medio de la dinámica de la reincorporación he vuelto a realizar muchas de las tareas de las mujeres campesinas, pero es diferente. Todo lo que viví como guerrillera me abrió muchos horizontes y me hizo pensar de otra manera. Aunque la subsistencia implica mucho tiempo, no dejo de trabajar por las mujeres, de participar en cursos, de viajar.

Creo en la paz, sé que es lo mejor para mí y para Colombia. Eso, como tantas cosas, lo aprendí en la guerrilla.

Yeni

Rosaida Acevedo

 

CUERPOS MENSTRUANTES, LO ESTRICTAMENTE NECESARIO

En la memoria fariana hay muchas cosas vivas. Por ejemplo, el periodo menstrual, algo tan normal para nosotras; pero que, en las condiciones de la guerra, se convierte en un reto.

Cuentan nuestras veteranas que en los años ochenta todavía no asignaban toallas higiénicas. Tocaba resolver con trapos, que luego de cada uso debían lavarse bien para ser reutilizados. No era tan fácil, la dotación que recibían era “solo lo estrictamente necesario” y las toallas higiénicas se asumían como un lujo. Contaban con muchos de los muchachos que eran (y son) tan generosos, que comprendían y ayudaban a conseguir las telas para cortar los trapitos.

La mentalidad fue cambiando y las posibilidades de gestión de la organización también. En los años noventa se incluyeron las toallas higiénicas en la dotación de la intendencia. Se asumió que también hacían parte de “lo estrictamente necesario”, al mismo nivel que el jabón o el desodorante.

Para mí eran muy duros los periodos menstruales. Sentía muchos cólicos. En algunos momentos el ingenio era fundamental, por ejemplo, cuando estábamos emboscados. No tenía opción de bañarme, la misión era otra. No nos podíamos exponer a riesgos. Podíamos pasar varios días en el mismo lugar, a la espera…Yo recogía agua en la cantimplora para poderme asear los genitales al menos, hasta que las condiciones cambiaran.

Me quería morir cuando teníamos que marchar, porque sudaba mucho, y además debía cruzar el mismo río y caminar las mismas horas que el resto: humedad, barro, calor, esfuerzo físico, peso del equipo, pocas posibilidades de descansar, de mantenerse seca y limpia, todo eso fuera de las propias circunstancias menstruales que todas vivimos.

No había tiempo para detenerse a pensar en todo eso durante la marcha. Se tenían que seguir los planes. El enemigo no daba tregua y no se podía atender de una mejor forma un malestar tan común, menos en una época donde la presencia femenina en filas ya era significativa y cada calendario menstrual funcionaba a su propio ritmo. Tampoco se podía flaquear. Estaba el compromiso, la decisión de no ser menos que los hombres, de asumir realmente que podíamos ser iguales: enfrentar nuestras condiciones particulares por el bien del colectivo.

Aleida

Magdalena Aguirre

 

SER FELIZ EN COLECTIVO

Mi nombre es Yoli Rodríguez Sepúlveda, conocida como Liliana, en las filas de las FARC-EP.

Ingresé de 13 años, porque me gustó, nunca me obligaron. Fue un ingreso voluntario.

Cuando llegué me dieron un curso básico militar. Aprendí muchas cosas que no sabía: caminar en la montaña, cargar un equipo, andar de noche, prestar guardia, portar un arma, dispararla. Actividades que eran duras para una mujer y de las que poco se conoce en la vida civil. Todas esas enseñanzas eran importantes para mi seguridad y la del colectivo. Esa fue la lección más importante.

Cuando ya era más grandecita conocí el amor. Tuve un compañero. Vivimos momentos felices, compartiendo esas experiencias en el monte, haciéndolas menos difíciles. También tuvimos momentos duros: a pesar del compromiso entre nosotros, el trabajo era lo fundamental. Muchas veces pasábamos varios meses sin vernos, mientras cada uno realizaba la tarea que le habían asignado. Poco a poco fui aprendiendo que incluso en la distancia se puede estar acompañada. Tal vez por eso, hoy recuerdo con más cariño que dolor esa etapa de mi vida.

Ahora que lo pienso, finalmente en el campamento todos éramos como hermanos, nos ayudábamos con armonía, había solidaridad y fraternidad. No quiere decir que no hubiese diferencias, pero se trataban de solucionar cordialmente. Cuando cometíamos errores mayores (cosa normal en los seres humanos), teníamos un reglamento que regía todo, que decía qué debíamos hacer y qué no. Por medio de él nos sancionaban, por ejemplo, con una ranchada o una charla. La lógica era la siguiente: si afectabas al grupo, debías responder aportando en algo, ya fuera enseñando o haciendo un trabajo manual. Con tanta gente de temperamentos y costumbres tan diversos, había que poner mucho esfuerzo en mantener la tranquilidad. Así se garantizaba el orden interno y la estabilidad del colectivo.

La reincorporación para mí fue un cambio duro. Llegar a enfrentar muchas cosas a las que no estaba acostumbrada y dejar de tener al lado a tanta gente que me acompañó en varios de los momentos más importantes de mi juventud; pero vale la pena tener una vida diferente, donde pueda encontrarme con mi familia, vivir otra colectividad donde ser feliz y hacer feliz a los demás.

Liliana

 

POR LA VIDA

Durante mi vida guerrillera fui conocida con el nombre de Johana Velázquez.

Recién ingresada aprendí el manejo de medicamentos. Era indispensable que todo guerrillero fariano tuviera un conocimiento elemental sobre salud, así que periódicamente se dictaban cursos de primeros auxilios. En uno de ellos adquirí las primeras ideas de medicina. No había decidido hacer el curso, estaba cumpliendo una orden; pero me gustó sentir que era útil. Comprendí, además, lo importante que era para mí el colectivo y que nosotros mismos tuviéramos personal preparado en esa materia.

Desde ahí comencé a ejercer la función de enfermera, a entender las distintas enfermedades de mis compañeros y circunstancias más delicadas que se vivían en nuestras filas: heridas de combate, minas… No solamente auxilié guerrilla, algunos soldados quedaban heridos y era nuestro deber darles las primeras atenciones. La guerra genera situaciones muy tristes, independientemente del bando en el que se esté y no podemos abandonar nuestra humanidad y el compromiso con la vida.

También atendí población civil: no solo al campesinado que era afectado directa o indirectamente por el conflicto armado, sino también a esa gente que nunca tuvo acceso a la salud, por la desatención del Estado.

Hace poco, ya en el marco de la reincorporación, volví de visita a una comunidad donde había ofrecido atención médica siendo guerrillera. Una niña fue corriendo a saludarme. Se abrazó a mis piernas antes de que pudiera reconocerla. Años antes la había tratado por una afección gástrica que la tenía colgando de un hilito de vida. A pesar de su corta edad lo recordaba en detalle. Su abrazo fue una de las mayores alegrías que me ha dado la enfermería.

Ahora, con el proceso de homologación de saberes, espero que sea reconocido nuestro aprendizaje y poder desempeñarme en cualquier institución de salud.

Margen Hernández Atencia

 

LO QUE FUI, LO QUE SOY, LO QUE SERÉ

Katerin es mi seudónimo.  Es el nombre que más he escuchado cuando se refieren a mí en lo que llevo de vida, es con el que me identifico y con el cual, quiero ser reconocida mientras exista.

Mi nombre de pila sólo es para los documentos oficiales, para la familia y no me gusta que sea utilizado por otras personas. Fui guerrillera, de forma gradual he tenido que dejar de serlo, ahora, debo acostumbrarme al rótulo de ex con todo lo que ello implica. Después de 30 años mi actitud debe ser diferente; mi vocabulario, mi voz, mis pasos… Volver a lo que era, una civil.

Veo mis compañeros y compañeras, es todo tan diferente, ahora ellos no lucen tan imponentes, tan majestuosos, ni ellas tan fuertes, tan inexpugnables. Ahora, tanto ellos como ellas, también, volvieron a ser lo que eran; hombres y mujeres sin ningún halo superpuesto por lo que simbolizaban.

Todo fue cambiando sutil, pero rápidamente. Ahora, los colores prohibidos encandilan la mirada y, a lo lejos, se divisa el personaje. Al hablar rechinan las palabras y los gritos exasperan, algunos han ido sacando sus miserias recónditas y sus verdaderos sentimientos, otros reafirman convicciones y siguen anclados fielmente a lo que siempre fueron.

Hemos cambiado de hábitat, ya no estamos bajo los árboles guarneciéndonos del sol ni tampoco iluminados por la luz de la luna. El aire ya no es tan natural, llega dirigido a través de un ventilador. La cama dejó de ser un terraplén tapizado con hojas o, en el mejor de los casos, unas tablas peladas. Las quebradas dejaron de ser el lugar imprescindible para lavar y refrescarnos.

Hoy estamos en una casa de asbesto, de la cual me pertenece una habitación de 6 metros de largo por cuatro de ancho, además hay lavamanos, y grifos dentro de cuarticos más pequeños que nos permiten bañarnos en privacidad. Sin embargo, aún puedo ver las estrellas en todo su esplendor y no he dejado de ver el amanecer, me sigo levantando temprano, salvo pocas excepciones, igual que en la guerra, no porque sea una orden, sino que no me alcanzaría el día para hacer tantas cosas pendientes y porque me acostumbré a desayunar aclarando el día.

Dedico el tiempo a otras actividades, pero gran parte de este se va en labores domésticas, es algo a lo que no estaba acostumbrada. En la guerrilla, entre todos, hombres y mujeres hacíamos dichas actividades por igual, además se han agregado otros quehaceres cotidianos y me ha costado mucho asimilar esta nueva condición, me resisto a caer en el papel de mujer tradicional y a vivir en la rutina. He logrado que mi compañero asuma su parte, aun así, siento que la balanza no está equilibrada.

Dentro de las nuevas actividades quiero destacar el cuidado de mi jardín ¡quien lo creyera! Antes no había tiempo para eso, se sembraba lo que nos pudiéramos comer: yuca, plátanos, maíz, frijol…particularmente mi criterio era que sembrar plantas ornamentales eran gustos de mujeres pequeñoburguesas, o las que no tenían nada que hacer y lo realizaban para apaciguar el tedio, labores que no servían para nada. De hecho, sembré la primera matica por novelería sin ningún afecto, lo hice al lado de las plantas medicinales que eran las que me interesaban, pero cuando apareció la primera flor, en todo su esplendor, me maravillé, ahora tengo varias, me satisface que a través de ellas han llegado los pajaritos y las mariposas. Es un goce que no había experimentado.

Me causa desconcierto tener tantas pertenencias, antes todo me cabía en un morral en el que empacaba: casa, ropa, comida, útiles de aseo, munición, vajilla, libros, remolques, y demás chécheres… Lo absolutamente necesario para vivir, así era, no sentía necesidad de nada más. He cambiado; mis botas pantaneras por varios pares de zapatos, sandalias y hasta calzado diferente sólo para bañarme; el par de uniformes camuflados, por bluyines, leguis, blusas de colores, piyamas… Dos maletas para trapos y son insuficientes; mi ollita, cuchara y jarro por una cocina llena de peroles, sartenes, tenedores y cuchillos; además, cama, mesa, sillas, una cantidad no despreciable de tarros de varios tamaños, colores y olores. Todo en mi cuarto bajo llave, éstas, que no tenía costumbre de usar, más de una vez se quedaron adentro o las dejaba olvidadas y las extrañaba sólo cuando iba a abrir la puerta.  Los bienes generan apegos que esclavizan, percibo que no hay algo más liberador que andar ligero de equipaje. Conservar el equilibrio es un reto en medio de tanto consumismo y vanidad.

Esta nueva vida no ha sido fácil, ha tocado aprender lo desaprendido, a decidir y a vivir en medio de las preocupaciones. Antes recibía órdenes y cumplía, no tenía siquiera que distribuir mi tiempo porque eso estaba establecido, para todo había un horario: La levantada, las formaciones, el baño, el estudio, el aseo, las comidas, hasta la hora de tomar el tinto, todo absolutamente todo era planificado, y de estricto cumplimiento, so pena de incurrir en una sanción.

No es que añore volver a vivir “enguerrillerada”. Vivir en la zozobra y vulnerabilidad, porque algún disparo te cegara la vida, a tener un poco de más tranquilidad, estar lejos de los seres queridos sin saber de ellos a tener la posibilidad de verlos cuando lo desee, hacer lo que quieras que hacer lo que te ordenen… Sólo que es diferente. 

Aunque viéndolo bien la vulnerabilidad y la zozobra persisten, hay balas que siguen atravesado el corazón, que han coartado la palabra, las emociones, el pensamiento y la esperanza. Entonces no todo es tan diferente.

Cuando salgo de acá, de este sitio “transitorio” ubicado en lo rural y destinado para los exguerrilleros, compuesto de muchas casas iguales en medida y color; techos rojos, paredes blancas, puertas grises, una ventana… A algún pueblo, me siento rara, como pienso deben sentirse las personas de campo cuando van a la ciudad. Hay que atravesar calles, mirar semáforos, desconfiar del que se acerca, caminar prevenido, soportar el ruido, hacer colas interminables, tener dinero.

Es de suponer que dentro de algún tiempo estaré habituada a la nueva vida, residiré como una mujer más en el universo y mi vida de guerrillera será un lejano recuerdo. Recuerdos imborrables, perdurables. Recuerdos de dolor; combates, despedidas que podían ser las ultimas. Recuerdos de alegrías; de fraternidad, de risas, de anécdotas, de emotivos reencuentros, de compartir. Recuerdos de penurias, de cansancio, del prestar guardia bajo el estruendo del trueno, la luz cegadora de los relámpagos, el viento borrascoso y la lluvia torrencial. Recuerdos de disciplina, marchas interminables, pero también de solidaridad, de ejemplo de convivencia, de unidad, de hermandad… Recuerdos de nostalgia por todos aquellos que no sobrevivieron para contarlo. Recuerdos…

Katerin Avella Daza

 

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