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Del Territorio, otra vez al papel…Testimonio sobre un Foro en el Catatumbo

Español
Autor: 
Pippa Mediaslargas

¿Dónde está la gente que quería amor? 
¿Dónde está los que querían escuchar, 
un mensaje para quitar el dolor? 
¿Dónde está el valiente que quiere aceptar, 
todo lo que influye una simple canción? 
Que me sirve tanto para edificar, 
como para matar a toda una nación. 
Cantemos por aquellos que quieren cantar, 
y ser modelos de la nueva generación…

VICO C, Quieren (1993)

Empecé, hace un tiempo, a escribir un ensayo sobre la paz en Colombia, algunas cosas he estudiado sobre el conflicto colombiano, pero siempre he considerado que mi lugar de enunciación es insuficiente por ser extranjera, no es lo mismo narrar del país en que naciste, que desde otro que se te antoja como tuyo. Yo decía que el nombre del ensayo era “El Aleph de la paz”, por retomar aquel lugar literario de Borges, el punto mítico del universo donde todos los actos, todos los tiempos, ocupan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Tengo una percepción personal de que la paz en Colombia luce como ese lugar donde todxs nos vemos, nos encontramos, un lugar complejo que aún no podemos ver con claridad porque tenemos muchas barreras para mirar sin prejuicios y sin dolor, y también sin egoísmos. Y esto incide en cómo lxs que nos situamos allí para observar, porque no todxs queremos ver, narramos la historia, con sus universales y particulares, como bien expresa la retórica borgiana. Y eso hice yo, me fui por mí misma a ver este Aleph que estamos tratando de construir aquí en Colombia, entre el peligro de las balas y la muerte. De la esperanza y las manos con rostros de gente de a pie que no descansa.

A muchos kilómetros de mí, en Norte de Santander, Tibú, se encuentra el ETCR El Negro Eliécer Gaitán, un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación en el rojo corazón del Catatumbo, se desarrollaba el Foro “Del Papel al territorio, retos y desafíos de la implementación en el Catatumbo”, que hablaría de la paz territorial. Me cargué a mis dos hijos, no sin las advertencias de alguna gente… yo entiendo… pero tengo la convicción de que no se pueden seguir criando hijxs en Colombia ajenxs a todo y a todxs. Además, porque quiero que conozcan el campo, nadie sabe lo que es un campesino y la agricultura hasta que no se unta los pies de tierra y la mano del fruto que recoges.

Cuando llegamos allí vi la primera cara del Aleph, el ejército, vestidos de verde y con grandes armas dentro de una casita, nos saludaron al pasar… están cuidando, pensé desde el deber ser. No me demoré en preguntar... este es uno de los milagros de la paz, el ejército y la exguerilla en el mismo lugar… me respondieron. La misma gente de pueblo uniformada en bandos diferentes, pensé yo. Desde ese momento abrí bien los ojos, me aseguré de que mi corazón y mi piel estuvieran prestos a sentir.

Muchas casitas ordenadas se vislumbraban a ambos lados de la calle que luego llamé la Avenida del Ché. Esto porque hay pintado un gran Ché en la pared que te recibe de manera frontal en el ETCR. Mucho calor para esas casitas hechas de cartón y un techo de zinc que absorbe mucho el fuerte sol del Catatumbo. 6x4 les dicen, por las medidas que tienen. Alrededor de las casas se organizaban diferentes maneras de vivir, plantas, flores, arbustos frutales o que dan sombra, se puede caminar entre ellas por no muy angostos caminos construidos al paso de cada día. Los baños y los lavaderos se encuentran en un área colectiva. Todo esto que tiene que ver con la estructura del lugar, fue decisión del gobierno, de acuerdo a lo que me contaron. La gente te saluda al pasar o te mira sabiendo que no eres de allí, pero como para darte la bienvenida. Huelo a comunidad.

Todo lo demás me viene como por flachazos que aún no puedo controlar. Viene un militar y le intenta dar la mano a Tadeo, que llega corriendo hasta donde estoy… mamá, mamá, él tiene un arma y tengo miedo…¡yo nunca he visto eso mamá! Tadeo preguntándome qué cosa es la guerrilla, y cómo es eso de lo de la paz. Imagino que nos escuchaba hablar a nosotrxs y de ahí le surgían preguntas. Un taller de niños y niñas sobre la paz donde, según la profesora, mis hijos sugirieron construir un enorme edificio en el medio del campo, como fieles nobles de la cultura citadina. Francisco untado de toda la tierra posible, observando sapos, diversas aves, flores, insectos, y todo lo que apareciera alrededor. El miedo a los truenos del Catatumbo y a la lluvia fuerte, el super calor. Yo estaba más consciente del ambiente por ellos mismos, por la alegría con que llegaban a mostrarme lo nuevo que encontraban, o por las diferentes sensaciones que comunicaban frente a los nuevos estímulos.

Al mismo tiempo la seriedad del foro, yo quería concentrarme bien en el escuchar las palabras, que eran casi las mismas que había leído en los libros, pero con diversos rostros, rostros de gente cansada, enfurecida, preocupada, risueña, esperanzada. El sudor que caía por los rostros aportaba un toque de drama real a todo este esfuerzo.

Luego, los testimonios desde las exguerrilleras, yo de relatora sin poder escribir por las diferentes emociones que causaban en mí cada uno de los relatos. A través de ellas me sentí mamá, revolucionaria, el sufrimiento de la guerra, la denuncia a la violencia, de la pobreza, la libertad de poder hacer lo mismo que los hombres, la valentía de las mujeres. Creo que las ancestras son muchas, están regadas por ahí, y en cualquier mujer que te encuentres, hay regado un pedacito de esa ancestralidad.

En general el foro hablaba… la necesidad de la tierra, que de qué vamos a vivir, la preocupación por los muertos, por exigirle al Estado, por los proyectos productivos, por construir memorias desde el dolor, la búsqueda de los desaparecidos, por cómo se perpetúa el patriarcado cuando se deja de vivir en comunidad, cómo pensamos las nuevas masculinidades en este marco, cómo se reproduce el individualismo…

Las últimas palabras del foro las escuché a media cuadra de la casa donde estaba y a media cuadra del lugar donde se desarrollaba. Los niños tenían calor, sed y hambre. Nada a lo que una mamá no se pudiese resistir. Nosotras las mamás tenemos nuestra manera particular de habitar el mundo, un ojo en los hijxs, un ojo en el trabajo, un ojo en la lucha y en nuestra lucha.

A los dos días yo me conocía todo el sitio, donde Jimmy, donde Willie, la Taguara, que allá se va a buscar agua potable, que al otro lado la tienda, la gente ya me sonreía al pasar y algunos se sabían mi nombre. Yo vi comunidad en todas partes, un intento por construir esa comunidad, un intento por sobrevivir sin armas.  Nunca me había hecho la pregunta sobre si uno empuña las armas por la lucha armada en sí o por la subsistencia, o sea, lo tomaba como algo lógico, pero solo ahora lo podía ver: Que deja uno las armas y hay que seguir luchando por la subsistencia si no ha cambiado la forma en que reproduce la vida, la política y la economía.

Sin embargo, no dejé de ver oportunidad allí, transformación, ganas, las desilusiones propias de construir algo, la búsqueda de diferentes caminos para hacerlo. En la Mesa de Género y Diversidades, donde participé, dije que nosotrxs no estábamos mejor afuera, que todo era una ilusión, que había que seguir construyendo cosas diferentes, y sí hay muchas cosas que hacer mejor…

Yo había aprendido en un país construido por guerrilleros, que morir por la patria es vivir. A mí Colombia, su guerra y este esfuerzo de la paz me cambiaron el chip. Vivir por la patria es vivir, y vivir con dignidad. Que si nos matan no es porque lo hemos escogido, es porque es injusto.

De pronto yo misma me vi en el Aleph, parada desde la misma escalera desde donde Borges observó con claridad esa maravilla que son la relaciones en el mundo. Y me vi por allá caminando, acompañando a las mujeres, pensando alternativas, preguntando, haciendo cosas, enseñando a los niñxs… ¿qué tal si todxs viniéramos a ver el Aleph, a acompañarlo y a vivirlo?

 

 

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